09 Abril 2017

Cuando Colombia se equivocó”¦ Una vez más

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De la noche a la mañana, más de noche que de mañana, se inicia la Presidencia de Juan Manuel Santos y designa a Germán Cardona Gutiérrez, su amigo personal, como el primer titular del Ministerio de Transporte, ente regulador y responsable del desarrollo de la infraestructura del país –por cierto, paciente con décadas de atraso con relación a las demandas de un mundo globalizado y de una competitividad altamente exigente en términos de comercio exterior. El Dr. Cardona Gutiérrez se desempeñó notablemente como Embajador de Colombia ante la Santa Sede.



“La Ingeniería colombiana necesita aliarse con empresas españolas (…)"La ingeniería colombiana es buena, pero necesita aliados y las empresas españolas tienen esa capacidad. Hay recursos pero lo que el país busca son (sic) inversores con músculo financiero…” -declararía el Ministro Cardona en un Foro en Madrid, el 24 de enero de 2011. Todos quedamos desconcertados. Las APP’s (Asociaciones Público Privadas) fueron razón y pretexto.



Por vía de aquéllas, en nombre de una presunta incapacidad o insolvencia financiera de los empresarios colombianos de la construcción, se sentaban las bases de una Política Pública que daría lugar al desplazamiento sistemático de la Ingeniería nacional de los espacios oficiales donde se diseñarían las oportunidades de trabajo supuestamente para los connacionales. Y claro, al tiempo, se declaraba la impotencia fiscal del Estado colombiano para atender las necesidades de inversión directa en los grandes proyectos de infraestructura vial. Como en la aviación comercial internacional, se decretaba una apertura incondicional en los cielos de la ingeniería. Cualquier empresa foránea de ingeniería tiene ahora patente de corso para ingresar al mercado colombiano, so pretexto de venir asistidos



por su solvencia moral, sus conocimientos y experticia técnica y, principalmente, por sus “billonarios” recursos financieros, lo cual permitiría despegar y agilizar vertiginosamente los desarrollos viales de última generación, ansiosamente esperados por un país que, ansioso, buscaba caminos para impulsar y consolidar su desarrollo económico y fortalecer su competitividad. Cuatro E’s constituían el pasaporte de la Ingeniería foránea: Ética, Equipamiento, Experticia y Economía.



Pero, ¡oh sorpresa! Poca o ninguna ética. Equipamientos invisibles. Y la billetera vacía. Por el contrario, se abrió paso, a unos, en su mayoría, malamañosos, pícaros del brochure y del descreste, empresas que ya venían con grandes perforaciones de comején en su condición moral. Esta colonización extranjera de nuevo cuño, inescrupulosa -si se quiere- desplaza a la Ingeniería colombiana, que se ve reducida al mínimo común denominador del “sálvese el que pueda”, si puede. Aquéllos entran a saco y se quedan con las grandes concesiones, las más rentables, mientras los empresarios colombianos de la construcción transitan por caminos conflictivos, sembrados de minas “quiebrapatas” –pleitos judiciales; caducidades legales, pero inconducentes; deudas a “tutiplén” y, en el menos peor de los casos, el recurso obligado contractualmente de los Tribunales de arbitramento; y por supuesto, el estigma, la persecución y el miedo paranoico.



Corrupción no es sinónimo de Ingeniería colombiana. Desde el Amazonas hasta la Guajira, la corrupción asoma y muerde en todas las actividades, pero no a todos los hombres. Tampoco a todas las empresas. Unos especulan en la Bolsa, con el dinero de incautos, mientras juegan al golf en sus clubes de venalidades en frac y de banalidades en vestidos de baño. Otros pegan ladrillos y sin pegarlos todos, pretenden que les paguen todos. No faltan los que urden extravagantes pirámides de captación, falsifican pagarés y multiplican libranzas, en oficinas de lujo que son como “sepulcros blanqueados” –rutilantes por fuera y gusanos por dentro. Unos trafican armas y personas, mientras otros tienen funcionarios de bolsillo para asegurar la adjudicación de licitaciones. Unos compran votos en



supermercados de ocasión, para hacerse elegir en cualquier puesto –Congreso o Concejo, Alcaldía o lo que sea. Otros se visten de blanco, biblia en mano, y asaltan la necesidad y la esperanza de los feligreses. El “vivo” no respeta la cola y el “bobo” acata la norma, pero pierde el tiempo. Parodiando a Oscar Wilde, “el cobarde corrompe con el beso, y el cínico pone la cara”.



Las advertencias a cuatro vientos de lucha contra la corrupción se parecen a esas guerras perdidas contra las moscas en restaurantes de medio pelo, que siempre ganan las moscas. Combatir la corrupción queda en pretexto para cambiar lo que debe ser estable, para hacer incierto lo que debe ser seguro, para esconder y concentrar, si más cabe, un abusivo poder centralista y centralizante detrás del afán perverso de minusvalidar regiones y gerencias que debían ser autónomas. El Tratadista y Profesor universitario Felipe de Vivero afirma que resulta ingenuo creer que con la sola ley se lucha eficazmente contra la corrupción, pues ello sugiere la validez de “la premisa según la cual, la ley es la que domina al hombre y no el hombre el que aplica la ley”. No por estar buscando combatir la corrupción se precisa estar cambiando sin necesidad las reglas del juego en materia de contratación estatal.



La Ingeniería colombiana, las PYME’s de la construcción, los nuevos profesionales de estas disciplinas, buscan oxígeno entre el desempleo y la falta de legítimas oportunidades de negocio, o colapsan inexorablemente, por cambios abruptos en las reglas del juego, mientras los Gobiernos Nacionales otorgan aberrantes preferencias xenofílicas a firmas foráneas. A fe que si, de puros curiosos, indagáramos en el Banco de la República la declaración de divisas para la inversión extranjera directa de esos nuevos rapaces de la contratación estatal nacional, poco o nada podríamos encontrar. Españoles que traen pilas de papeles y ningún dinero. Brasileños de dudosa ortografía. Portugueses oportunistas de último minuto. En fin, a chinos y cochinchinos, que entran a saco en contrataciones de sastrería. Los nuevos depredadores están convirtiendo la Ingeniería colombiana en especies en vía de extinción.



La paz es hija de lo justo. La justicia es ajena a la desigualdad, a la inequidad y a la discriminación. La contratación estatal debe ser un ejemplo de ello y sus reglas no deben ser otra cara de la inequidad -madre de toda iniquidad.